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La poética del agua

Sus lágrimas me conmovieron. Me senté frente a ella y me quedé en silencio. En momentos así, sólo eso puedes hacer. Nada de lo que digas servirá de consuelo, Seguir con la tarea sería inapropiado. Lo que faltaba por hacer, se haría después. Nada era más importante. Así que, sin saber cuánto tiempo pasó, me quedé a su lado, tomándole la mano. Horas después, me fui camino a casa. Entonces una fuente me llamó con su canto. Un cántaro en el centro vertía agua en ella. Las algas ondulantes, golpeaban entre sí. Me acerqué a ver los peces, cómo iban y venían. Me senté en una banca, a contemplar el día, el sol aún calentaba, pero no vio venir aquella nube negra, que llegó apresurada, dispuesta a terminar la apacible quietud. De pronto, rugió un trueno, uno más, muchos más, y la lluvia copiosa no se hizo esperar. La gente apresurada optó por refugiarse, pero yo quedé inmóvil bajo aquel aguacero, un poco mitigando eso que había vivido. Con el rostro mojado, aproveché a llorar, aún no lo había hecho, dejé salir mi enojo. Lloré por aquel niño, por los niños que sufren, nadie lo notó entonces, fundí lágrima y lluvia. Cuando la muerte gana, hay que recomponerse, y la mejor manera es llorar, desahogarse. Mañana es otro día, hay que volver sonriente. Después caminé lento, por las calles mojadas; cuando llegué a la casa, todo estaba en silencio, me desvestí despacio y me metí en la ducha. Dejé correr el agua, la templé hasta mi agrado, y a poco fui sintiendo cómo me recorría. La lluvia persistía, el frío se acentuaba. La madre entristecida seguiría llorando. Y yo, sencillamente, disfrutaba el momento de mi ducha amigable, de mi tiempo conmigo, de esas pequeñas cosas, que no siempre agradezco. Del Libro “Creer para Crear” Capítulo Decálogo – Pág. 165.