Relatos

Historias breves de cuidado, memoria y vida cotidiana.

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6 de 6 relatos

El Señor de Barba Blanca

InfanciaHistoria

Podemos comparar el arte de escribir, con un disfraz que nos permite entrar en una fiesta de quimera y melancolía. Todo comienza con un papel en blanco, una pluma y nuestra imaginación: un cuadro pincelado de sensibilidad y reflexiones de colores, porque la pluma, como el pincel, narra esperanza.

El disfraz de escritor nos concede luchar contra la tibieza, la crueldad y la injusticia, despertando la empatía de los demás. Nos da permiso de hablar por quienes no pueden hacerlo, siendo tu verso reflejo de lo que eres y sientes.

Pero si hablamos de un disfraz característico, en mi mente surge una imagen que se repite desde diciembre pasado: la de un simpático Señor regordete, vestido de rojo, con barba blanca y risa característica. Un trineo volador surcando los cielos, llegando a nuestras casas cada Navidad, para traernos alegría y felicidad, o al menos intentarlo, cargando sueños envueltos en regalos.

Esta última Navidad la pasamos en compañía de una parte de la familia. La joven pareja anfitriona convocó a parientes de ambos lados; éramos un gran grupo de personas reunidas gracias a la historia de dos seres que se encuentran, se enamoran y deciden caminar juntos.

La presencia de niños esperando a Santa Claus añadía un toque mágico que flotaba en el aire. Mi corazón se agitaba ante cada comentario sobre lo que ocurriría a la medianoche. La emoción crecía junto con la brisa fría. El lugar era en una hermosa casa de campo, con un patio trasero cubierto, una mesa llena de colores, olores y sabores, y una gran parrilla encendida como un cálido abrazo. Ignorábamos así el inusual frío para esa época, fantaseando incluso con la posibilidad de una Navidad blanca.

Los rumores sobre la llegada de Santa Claus aumentaban, y las horas para que esto sucediera se acortaban. Mientras escuchaba esas conversaciones, ─" ¿Cuánto falta? Quedan dos horas, son las diez de la noche" ─ me descubrí recordando instantes de mi infancia y adolescencia.

Confieso que no suelo volver al pasado; tiendo a fantasearlo, mejorarlo, adulterarlo. Tengo la sensación de que lo voy cambiando tanto que a veces temo que ya no sea el mío. Pero el ambiente mágico me llevó a dejar volar la imaginación. Los recuerdos se convierten en instantes perfectos, quizá para confirmar que fuimos necesariamente felices. De pronto me divertí preguntándome, ¿he sido buena este año para tener regalo?

Los minutos pasaban y los niños, cada vez más inquietos, contagiaban entusiasmo.

Faltaban veinte o quince minutos, cuando alguien dijo: "Vi un duende por aquí". Todos corrimos emocionados hacia un extremo de la casa. Alguno de los niños, en su bendita inocencia, aseguró haber visto destellos en la oscuridad. ¿Por qué dudarlo? Se sentía bien aquella ilusión.

De pronto, alguien dijo que estaba allí, y en el extremo opuesto de la casa, una luz mostró un hombre vestido de rojo, riendo con su característico "Jo-Jo-Jo". Con el entusiasmo de los duendes nos habíamos alejado, quedando tan lejos de aquella figura que, aunque algunos corrieron gritando "¡Lo vi, lo vi!", nunca llegaron a tocarlo.

Seguramente, al frente de la casa aguardaban los nueve renos que transportan a Santa Claus, fieles compañeros como los duendes que nos distrajeron antes. Aparecen y desaparecen casi juntos, dejando incertidumbre y emoción. Todos, incluso los más grandes, quedamos impactados y confusos. Tras un silencio profundo, alguien gritó:

Un rato antes había pasado por el salón, viendo un hermoso árbol de Navidad. Sentí pena de que la velada no fuera junto a él, disfrutando de su encanto. Ahora si era su momento: el Señor de la barba blanca lo había valorado, dejando allí los regalos cuando nadie lo veía. Todos buscaban sus nombres en los paquetes, mientras alguien intentaba organizar la avalancha para evitar que derribaran el árbol.

Regresamos a casa unas tres horas después, cuando los niños, ya agotados, querían jugar con los regalos y sus padres intentaban convencerlos de esperar hasta mañana. Mientras volvíamos, sentí la misma certeza de años atrás: mi regalo estaba debajo del árbol. Me consideré afortunada de tener recuerdos tan especiales, que regresaban trayendo el mismo sentimiento hasta hoy.

La felicidad es difícil de entender mientras la vivimos; se siente mejor al evocarla. Al llegar, miré automáticamente mi árbol navideño y, no lo creerán, justo ahí debajo estaba mi regalo. Santa Claus debió haberlo dejado antes de ir al campo. Confirmaba así que alguien pensaba en mí y me amaba. Esa es la verdadera magia de la Navidad: compartir amor y dejar que nos inspire el resto del año.

No temas entonces: ponte tu disfraz de escritor, explora tus sentimientos y exprésalos. Teje con finas hebras una suave tela de emociones y con ella abriga a quien te lea.

Lo encantador de contar historias es encontrar gente dispuesta a escucharlas.

La Montaña

EspiritualidadNaturaleza

El lugar se llama Valle del Sauce, se encuentra junto a una cadena montañosa que, en invierno, cuando cae mucha nieve, se pinta de blanco; en el verano se maquilla de mil tonalidades de verde, amarillo, naranja y rojo. Los residentes estamos acostumbrados a esos cambios de paisaje; tanto el frío como el calor son muy intensos.

La casa donde vivimos es blanca, grande y ventilada, con techo rojo a dos aguas, y está justo en la base de una de las montañas. Hacia el frente de la casa se ve el jardín, grande, lleno de flores de colores y árboles frutales; pasando la cerca de madera que la rodea y abrazando la montaña con su vegetación se encuentra un bosque hermoso y misterioso, el cual debes bordear para ir al pueblo más próximo. La experiencia es fascinante si te aventuras a atravesar el bosque para acortar el camino hacia el pueblo; esto lo hemos hecho con amigos, siempre cautelosos para no perdernos. Cuando te adentras bien en él y no hay viento, surge un profundo silencio que "se puede escuchar"; si te quedas quieto y cierras los ojos, sientes una sensación de paz y tranquilidad indescriptible.

En mi opinión, es hermoso observar las montañas desde cualquier lugar, pero, hay una en particular, una que se ve desde la ventana de mi cuarto, "nada impide que la vea", ningún árbol se interpone entre nosotras, es tan bella en todos sus atuendos.

Con los cambios de clima, es como si desfilara para mí; con sus picos blancos y azules, a veces grises, la siento un poco mía, la he visto desde siempre, me regala mucha belleza con sus cambios de colores.

Cuando por las tardes me siento en mi hamaca a contemplarla, cierro los ojos y exhalo lentamente, así establezco con ella un pacto silencioso, no me responde con palabras, pero el peso de su presencia se pliega al ritmo de mi respiración y por un instante compartimos el mismo tiempo.

Como he crecido a su lado, a veces me pregunto, ¿será que ella me ve también? ¿en todos estos años será que nota mi atención y siente mi presencia?

A veces creo que me observa, que me cuida, que me enseña a ser fuerte, el tiempo la desgasta y ella soporta y se rehace, se restaura y vuelve a estar hermosa. Y así me va diciendo, no cedas, no desistas, no abandones, tú también eres fuerte, vivir es la tarea más bella que posees, fluir, agradecer, amar y ser feliz.

Juegos Infantiles

Infancia

"La infancia es la patria del hombre" Rainer María Rilke.

Era domingo y el regreso me sorprendió sin aviso. Caminaba por una calle de mi pueblo, donde los árboles torcidos seguían inclinándose como si custodiaran secretos, y las veredas partidas aún esperaran los pasos de alguien. La casa de mis abuelos continuaba allí, abriéndome sus puertas con la quietud de quien aún espera algo más que nostalgia.

Adentro, todo estaba como si el tiempo hubiera sido solo polvo acumulado. Sobre el tocador de cedro dormía el trompo, con su punta metálica oxidada y el hilo deshilachado que mi abuelo envolvía con sus manos callosas de carpintero mientras nos enseñaba a usarlo. Me pareció oírlo girar, como en aquellas tardes silenciosas de verano, zumbando sobre el patio áspero que cada mañana barría mi abuela con su escoba de palma y mango de caña.

Diría que el trompo tenía carácter. Si lo lanzabas mal, se vengaba rebotando con furia contra nuestros pies. Pero también hablaba del amor sencillo, tallado por "el nono", con la misma paciencia con la que había moldeado su vida entre virutas y maderas que olían a hogar y calma.

Debajo de la mesa de pino, estaba el triciclo pintado a mano. Al rozar su manubrio, se abrió una grieta luminosa en mi memoria y volvió una escena: la tarde de lluvia jugando a la lotería, las risas y los cartones con granos de maíz encima, y mi tía gritando:

Terminada la partida, el aroma del pastel de crema pastelera recién salido del horno subía como incienso, magnificando la escena y sellando el instante en que lo simple se volvería presencia hoy.

Colgado de un clavo me miraba el viejo aro metálico herrumbrado. Lo corríamos por la calle, recuerdo como vibraba en mi mano la vara con forma de gancho para dirigirlo. Era como el universo girando entre juegos. Gritábamos, transpirábamos hasta mojar la ropa y nos sentíamos dueños del barrio, al menos por un rato. Cuando al fin te tirabas boca arriba en el pasto, mirando el cielo, quedaba la sensación de que el mundo era enorme, pero vos lo habías corrido casi todo.

Escondido detrás de unas revistas, estaba el Yoyó de madera. Lo había pintado "el nono" de amarillo y negro para hacerme hincha de ese equipo y no del otro. Lo tome: era la ternura esculpida. Lo enrollé y sentí el ruido agudo al bajar, pero quedó ahí, no quiso subir, como si protestara por los años sin jugar.

De pronto me pareció escuchar la risa paciente de mi padre invitándome a la hamaca, colgada con cadenas y asiento de madera. Sentí sus manos grandes en mi espalda, sosteniéndome para que no cayera. Su voz ronca y agradable, su presencia entera, suspendida en ese instante.

Entonces la vi: la rayuela, dibujada con pintura blanca sobre las baldosas flojas del patio. Me invitaba como un fantasma amable. Tomé una piedra lisa del cantero y la lancé. Su golpe contra el suelo sonó como un latido antiguo. Salté. Un pie, luego los dos. Me tambaleé. Reí.

Al cuerpo le faltaba equilibrio, pero mi memoria ordenó de inmediato a mi cerebro que se preparara para volver a jugar. Cada baldosa era una pieza del rompecabezas de mi niñez.

Juro que los juguetes me hablaron. Me recriminaban, haberlos cambiado por otros más modernos que compré para mis hijos, pero de algo estoy segura; ellos me recordaban y esperaban.

Aguardaban a la niña que fui, la que corría con las rodillas raspadas y los bolsillos llenos de bolitas de vidrio, esa misma que hoy veía parada a mi lado ayudándome a defender aquel bochón grande amarillo "ojos de gato" que tanto me encantaba.

Todo contaba su propia historia y era parte de mi pasado: la tierra en las manos, las tizas rotas de colores, la cara colorada que la abuela nos limpiaba con aquel pañuelo que siempre llevaba en el delantal.

Me senté en el umbral, con la piedra aún en la mano. Cerré los ojos. Y entonces lo sentí: el chirrido de la bicicleta, el silbido del afilador, el grito del heladero y la voz de mamá llamando a merendar.

Algo se acomodó en mí. Comprendí que los sentidos guardan aquello que el tiempo disfraza de olvido. Que los objetos no siempre fueron hechos para entretener, sino para recordarnos quiénes fuimos... y quiénes todavía somos, cuando regresamos al lugar donde se quedó la infancia. Hoy sé que volver a jugar no es nostalgia, es resistir al olvido.

La Dama Florence

SaludHistoria

Corría el año 1854 y por aquellos pasillos transitaba una mujer de manos blancas y delicadas, capaz de aliviar con su sola presencia, ofreciendo consuelo y aliento a los soldados heridos. Su fama era la de un corazón desinteresado y piadoso.

Con gran osadía y alma gentil, llevaba magia y sabiduría a cuesta. Atendía a cada paciente en noble labor, a veces con la mirada cansada, pero llena de amor y sin prejuicios.

Esta mujer llamada Florence Nightingale y conocida como "La Dama de la Lámpara", sin portar armas se defendió de la brutalidad de la guerra de una manera distinta, pero igualmente valiente. Como resultado, inició reformas sociales en la atención sanitaria y sentó las bases de la enfermería moderna.

Su dedicación y amor por el trabajo le permitieron ayudar a los soldados, no solo a sanar sus heridas físicas, sino también el dolor emocional que cargaban tras experimentar horrores de la guerra. Sanaba corazones y mentes rotas. Siempre estaba allí cuando llegaban los heridos, brindándoles la atención que necesitaban. Era como un manto de luz sobre aquel campo teñido de sangre. Trajo aliento, esperanza y felicidad a tantos que resulta imposible medir la magnitud de su obra.

La muerte dejó de asolar el lugar con tanta crueldad como al inicio de su llegada. Sus esfuerzos mejoraron las prácticas sanitarias y de enfermería en los hospitales, y muchos soldados se recuperaron con mínimas secuelas. Sabía que había marcado una gran diferencia en sus pacientes y dejado una huella positiva en cada uno de ellos.

Después de la guerra, continuó trabajando en la reforma del sistema de salud. Su teoría de trabajo se centró en la importancia de la desinfección y el saneamiento hospitalario y abogó por mejorar la formación en enfermería.

Escritora prolífica, su Libro "Notas de Enfermería" se convirtió en guía definitiva para la práctica. También contribuyó a la reforma de la salud pública, utilizando sus conocimientos en estadística para presentar trabajos y argumentos basados en la evidencia.

La imagen de Florence era una luz que brillaba silenciosamente en aquellas noches siniestras. No sólo por portar la emblemática lámpara, sino porque ella misma simbolizaba la compasión, el compromiso, la bondad y la disciplina, tan necesarios para cuidar al otro. Esa era su misión en la vida.

Su historia inspiró a nuevas generaciones, y mostró cómo el cuidado y la atención pueden cambiar vidas. Pero si volviera hoy, ¿Qué nos diría? ¿Qué pensaría del ejercicio actual de nuestra profesión?

Dudo que la atención de la salud actual enfrente, una crisis mayor que la del Hospital Barrack de Scutari, (ubicado en la actual Estambul, Turquía) cuando Florence Nightingale, entre 1854 y 1956, tomó a su cargo las bajas británicas de la Guerra de Crimea.

Así hablaba ella, al personal con el que trabajaba:

Florence tenía la capacidad de superar cualquier dificultad y era consciente de que, para que una persona cuide de otra, primero debe sentirse cuidada y valorada. Muchos de los cambios que se realizados entonces en la atención de la salud continúan vigentes.

El nombre de Florence Nightingale no suele mencionarse, pero ella simboliza el altruismo y el compromiso duradero necesario para sostener la atención de la salud, organizada y enfocada en la vocación de quienes la eligen. No importa cuán elocuentes sean los avances clínicos, tecnológicos o institucionales: nuestra misión, visión y valores deben tener un solo propósito: las personas.

La Libélula

EspiritualidadNaturaleza

Yo nací en el agua, larva inquieta que aprendía a respirar entre raíces sumergidas. Durante años fui ninfa, habitante de lo oscuro, hasta que la metamorfosis desplegó mis alas. En ese instante adquirí mis dones: la visión múltiple que abarca lo invisible, el vuelo ágil que desafía direcciones, la ligereza que convierte cada movimiento en danza. La luz me otorgó esperanza, el aire me dio libertad, y el agua me enseñó paciencia. Así me convertí en puente entre mundos: lo físico y lo espiritual, lo visible y lo intuido.

Fui joya y amuleto en las manos de una hermana que ya no habita este plano. Ella me colmó de memorias, de afectos, de silencios que se vuelven música. Cuando partió, su energía quedó vibrando en mí, y te fui entregada como herencia de luz. Yo sabía que debía llegar hasta ti. Al principio no te gustaban las libélulas: me temías, me rechazabas. No era miedo, era espejo. Tu inquietud, tu vuelo múltiple, tu mirada que todo lo observa se parecían demasiado a los míos. Por eso me aguardabas sin saberlo.

Desde que me llevas contigo, tu vida se ha transformado. Te he enseñado a volar hacia adelante y hacia atrás, y desplegar nuevas alas que dejar pasar la luz, a mirar con ojos grandes lo que otros no ven, a sostener el equilibrio entre lo que cambia y lo que permanece. Te he mostrado que la flexibilidad es fuerza, y que el deseo de volar lo llevamos todos dentro, porque la vida es movimiento. En mí reconoces tu propia vibración: múltiples tareas, múltiples caminos, pero siempre la misma esencia.

Soy símbolo de libertad y transformación. En mi cuerpo esbelto guardo la memoria de los samuráis que me veneraban como emblema de coraje y victoria. En mis alas conservo la enseñanza de vivir el presente, porque mi vida es breve y por eso intensa. Si entro en tu casa, es para recordarte que abandones viejos hábitos; si me poso sobre ti, es para invitarte a confiar en tu intuición.

Una noche, mientras dormías, me desprendí del dije y volé por tu habitación. Me posé sobre tu frente y te mostré un sueño: estabas en un río de aguas cristalinas, rodeada de seres queridos que ya partieron. Ellos te sonreían, y yo, libélula de luz, te guiaba hacia la orilla. Al despertar, supiste que no era un sueño cualquiera, sino un mensaje: la vida es tránsito, la memoria es puente, y tú eres capaz de transformar cada pérdida en vuelo.

Por eso estoy contigo. Porque tu historia necesitaba mi símbolo, porque tu espíritu inquieto se reconoce en mi danza aérea, porque tu vida pasó a ser de transformación constante. Yo soy la libélula que te recuerda que la verdadera alquimia está en vivir con conciencia, alegría y ligereza, aquí y ahora.

El fresno americano

NaturalezaEspiritualidad

(Nombre científico: Fraxinus; voz griega phraxos, “setos”).

Cada mañana, desde el cuarto de estar de mi casa, mis ojos se cruzan con un gigante silencioso que habita el patio vecino: el fresno americano. Árbol caducifolio de rápido crecimiento, capaz de alcanzar entre quince y treinta metros de altura, e incluso superar los cuarenta. Su estrategia de supervivencia le permite ahorrar energía y agua frente el frío o la sequía, renovando su follaje cada primavera. Su copa amplia y redondeada se despliega como un manto protector, y su tronco recto, de madera oscura con matices dorados, se alza como columna de tiempo y memoria.

No es casual que sea tan apreciado en el paisajismo urbano: resiste a la contaminación, la sequía y a las podas, convirtiéndose en un aliado noble de las ciudades. En veredas, parques y plazas ofrece sombra generosa y un espectáculo estacional que nunca se repite. También pienso en su longevidad: puede vivir hasta cien años. Imagino las generaciones que pasarán bajo su sombra, los niños que jugarán junto a su tronco, los caminantes que hallarán descanso en su frescura.

El fresno, rústico y resistente, es más que un ornamento: es símbolo de la fuerza tranquila de la naturaleza. Al mirarlo, me reconcilio con el tiempo. Sé que, como él, puedo perder y volver a ganar, caer y volver a levantarme, desnudarme de lo viejo y florecer en lo nuevo.

Desde mi ventana, a unos pocos metros, el fresno ocupa todo el encuadre. Es un cuadro vivo, una pintura que se renueva cada día. En primavera, sus pequeñas flores anuncian la vida que regresa; en verano, su follaje denso regala sombra y frescura.

Es también el árbol que anuncia el otoño: uno de los primeros en cambiar de color. Sus hojas compuestas, de cinco o hasta nueve foliolos de verde brillante, se transforma en un festival de amarillos intensos, rojos y púrpuras, recordándonos que la belleza habita en el cambio.

En invierno, desnudo y austero, se convierte en símbolo de resistencia. Sus frutos permanecen en las ramas un tiempo más, incluso después de la caída de las hojas, testigos de un ciclo que nunca se interrumpe.

Antiguamente, regalar rama de fresnos significaba “yo alimento tu alma”. De su sabia, dulce y rica en minerales, se obtiene el maná, un ingrediente ancestral que aún hoy se utiliza en la repostería siciliana.

Este legado cultural nos recuerda que la naturaleza no solo embellece, sino que también nutre y sostiene la vida.

En su aparente sencillez, me enseña a renacer. Cada año pierde todo lo que viste, se queda vacío, y aun así vuelve a florecer. Afronta el paso del tiempo con calma, y esa serenidad me conmueve. Doy gracias por su lección de humildad y resiliencia, su manera de transformar la luz en color y su capacidad de ser bello incluso en la desnudez.

El fresno refleja a veces mis emociones: me acompaña en la alegría y en la duda, en la plenitud y en la espera. Su presencia constante me ofrece continuidad, como si me recordara que, más allá de mis propios cambios, siempre existe un ciclo que sostiene la existencia.

Siento gratitud por este árbol que no elegí, pero que la vida colocó delante de mi como un maestro discreto. Cuando escribo, lo hago frente a la ventana donde lo veo. Hay días en que su copa verde me transmite serenidad; otros, su amarillo otoñal me llena de nostalgia; y en las noches, su silueta oscura bajo la luna me inspira recogimiento.

El me regala un espectáculo único: una fiesta de colores, un recordatorio de que la vida siempre se renueva, un canto silencioso a la esperanza. Y yo, humilde espectadora, solo puedo agradecerle.