El Señor de Barba Blanca
Podemos comparar el arte de escribir, con un disfraz que nos permite entrar en una fiesta de quimera y melancolía. Todo comienza con un papel en blanco, una pluma y nuestra imaginación: un cuadro pincelado de sensibilidad y reflexiones de colores, porque la pluma, como el pincel, narra esperanza.
El disfraz de escritor nos concede luchar contra la tibieza, la crueldad y la injusticia, despertando la empatía de los demás. Nos da permiso de hablar por quienes no pueden hacerlo, siendo tu verso reflejo de lo que eres y sientes.
Pero si hablamos de un disfraz característico, en mi mente surge una imagen que se repite desde diciembre pasado: la de un simpático Señor regordete, vestido de rojo, con barba blanca y risa característica. Un trineo volador surcando los cielos, llegando a nuestras casas cada Navidad, para traernos alegría y felicidad, o al menos intentarlo, cargando sueños envueltos en regalos.
Esta última Navidad la pasamos en compañía de una parte de la familia. La joven pareja anfitriona convocó a parientes de ambos lados; éramos un gran grupo de personas reunidas gracias a la historia de dos seres que se encuentran, se enamoran y deciden caminar juntos.
La presencia de niños esperando a Santa Claus añadía un toque mágico que flotaba en el aire. Mi corazón se agitaba ante cada comentario sobre lo que ocurriría a la medianoche. La emoción crecía junto con la brisa fría. El lugar era en una hermosa casa de campo, con un patio trasero cubierto, una mesa llena de colores, olores y sabores, y una gran parrilla encendida como un cálido abrazo. Ignorábamos así el inusual frío para esa época, fantaseando incluso con la posibilidad de una Navidad blanca.
Los rumores sobre la llegada de Santa Claus aumentaban, y las horas para que esto sucediera se acortaban. Mientras escuchaba esas conversaciones, ─" ¿Cuánto falta? Quedan dos horas, son las diez de la noche" ─ me descubrí recordando instantes de mi infancia y adolescencia.
Confieso que no suelo volver al pasado; tiendo a fantasearlo, mejorarlo, adulterarlo. Tengo la sensación de que lo voy cambiando tanto que a veces temo que ya no sea el mío. Pero el ambiente mágico me llevó a dejar volar la imaginación. Los recuerdos se convierten en instantes perfectos, quizá para confirmar que fuimos necesariamente felices. De pronto me divertí preguntándome, ¿he sido buena este año para tener regalo?
Los minutos pasaban y los niños, cada vez más inquietos, contagiaban entusiasmo.
Faltaban veinte o quince minutos, cuando alguien dijo: "Vi un duende por aquí". Todos corrimos emocionados hacia un extremo de la casa. Alguno de los niños, en su bendita inocencia, aseguró haber visto destellos en la oscuridad. ¿Por qué dudarlo? Se sentía bien aquella ilusión.
De pronto, alguien dijo que estaba allí, y en el extremo opuesto de la casa, una luz mostró un hombre vestido de rojo, riendo con su característico "Jo-Jo-Jo". Con el entusiasmo de los duendes nos habíamos alejado, quedando tan lejos de aquella figura que, aunque algunos corrieron gritando "¡Lo vi, lo vi!", nunca llegaron a tocarlo.
Seguramente, al frente de la casa aguardaban los nueve renos que transportan a Santa Claus, fieles compañeros como los duendes que nos distrajeron antes. Aparecen y desaparecen casi juntos, dejando incertidumbre y emoción. Todos, incluso los más grandes, quedamos impactados y confusos. Tras un silencio profundo, alguien gritó:
Un rato antes había pasado por el salón, viendo un hermoso árbol de Navidad. Sentí pena de que la velada no fuera junto a él, disfrutando de su encanto. Ahora si era su momento: el Señor de la barba blanca lo había valorado, dejando allí los regalos cuando nadie lo veía. Todos buscaban sus nombres en los paquetes, mientras alguien intentaba organizar la avalancha para evitar que derribaran el árbol.
Regresamos a casa unas tres horas después, cuando los niños, ya agotados, querían jugar con los regalos y sus padres intentaban convencerlos de esperar hasta mañana. Mientras volvíamos, sentí la misma certeza de años atrás: mi regalo estaba debajo del árbol. Me consideré afortunada de tener recuerdos tan especiales, que regresaban trayendo el mismo sentimiento hasta hoy.
La felicidad es difícil de entender mientras la vivimos; se siente mejor al evocarla. Al llegar, miré automáticamente mi árbol navideño y, no lo creerán, justo ahí debajo estaba mi regalo. Santa Claus debió haberlo dejado antes de ir al campo. Confirmaba así que alguien pensaba en mí y me amaba. Esa es la verdadera magia de la Navidad: compartir amor y dejar que nos inspire el resto del año.
No temas entonces: ponte tu disfraz de escritor, explora tus sentimientos y exprésalos. Teje con finas hebras una suave tela de emociones y con ella abriga a quien te lea.
Lo encantador de contar historias es encontrar gente dispuesta a escucharlas.